¿Quién no quiere escuchar que su casa vale más?
Hace unas semanas vinieron unos propietarios a la agencia. Querían saber cuánto valía su vivienda y cuál era la mejor manera de venderla. Nada fuera de lo habitual. Hasta que llegó la parte más compleja: hablar de valor real.
Les expliqué la situación del mercado, las posibilidades según las características de su inmueble y los matices que lo hacían diferente a la media del barrio. Les recomendé —como siempre hago— comparar opiniones, hablar con distintas agencias, y quedarse con quien les transmitiese más criterio, no con quien les prometiese más dinero.
Porque valorar bien no es hacer una suma rápida de metros, ubicación y conservación. Es entender el contexto, la demanda, el ritmo y el momento. Y entonces, una de las frases más habituales del sector apareció en escena:
“Nos quedamos con la agencia que nos da más precio.”
Como si la agencia fuera a comprar la vivienda.
Pasa todos los días. Agencias que, para captar propiedades, inflan el valor inicial con una promesa imposible.
El propietario se siente ilusionado —¿quién no quiere escuchar que su casa vale más?— y firma una exclusiva larga. Pasados unos meses, la estrategia se repite: bajadas progresivas, justificaciones, visitas sin resultados. Al final, el piso se vende… pero en el precio que era real desde el principio, después de haber perdido tiempo, energía y confianza.
El problema no es el precio.
Es la falta de criterio y honestidad al definirlo.
No hay dos viviendas iguales. Ni siquiera en el mismo edificio. Cada propiedad tiene su historia, su luz, su distribución, su entorno, su momento. Por eso, valorar bien es aplicar una visión integral: técnica, sí, pero también estratégica y humana.
No se trata de cuánto “querríamos” que valga, sino de cuánto puede valer en este mercado, con este contexto y con esta demanda.
Hoy es habitual ver herramientas que te dicen cuánto vale tu casa sin haberla pisado. Suena cómodo. Pero también un poco absurdo.
¿Cómo puede una web calcular el valor de un espacio que nunca ha visto, ni sentido, ni analizado más allá de un algoritmo?
Una propiedad se vende en físico, no en abstracto. Y el valor real se construye en la experiencia, no en una fórmula estándar.
No está mal usar la tecnología como referencia, pero una decisión tan importante no debería tomarse con un clic.
Siempre digo a los propietarios que las emociones deben estar presentes en la decisión, pero no en la valoración.
Porque vender una vivienda es un proceso cargado de sentimientos, sí, pero el precio debe basarse en fundamentos técnicos y reales:
estado, superficie, orientación, suelo, contexto, momento de mercado.
El valor emocional de un hogar es incalculable. El valor de venta, no.
Y cuando se mezclan ambos, lo que se pierde no es solo dinero: se pierde objetividad, y con ella, la oportunidad de hacer las cosas bien.
Está en cómo se piensa, cómo se presenta y cómo se acompaña su proceso. Porque una valoración con criterio no te dice lo que querés oír, te dice lo que necesitás saber para decidir bien.
Y eso —aunque no siempre suene tan bonito como el número más alto—
es lo que realmente marca la diferencia entre vender… o solo intentarlo.